![]() El coleccionista que convirtió su pasión en el legado automotriz más importante de la Ciudad de MéxicoHay personas cuya vida entera puede resumirse en una sola pasión sostenida durante décadas con una constancia que trasciende la afición y se convierte en vocación. Arturo Pérez Gutiérrez fue una de esas personas. Durante más de cincuenta años, desde que en los años cincuenta restauró su primer automóvil — un Ford de 1924 que encontró en algún estado de desuso y que sus manos devolvieron a la vida — hasta los últimos días de su existencia, Don Arturo vivió para los automóviles clásicos con una intensidad y una generosidad que sus contemporáneos recuerdan como ejemplares. Cuando Arturo Pérez Gutiérrez falleció el 25 de enero de 2011 a los 90 años de edad, dejó detrás de sí algo que muy pocos coleccionistas del mundo han logrado: una institución. El Museo del Automóvil Antiguo de México — que él había fundado, financiado, organizado y promovido durante más de dos décadas — era en el momento de su muerte el museo de automóviles más importante de América Latina, con más de 120 vehículos históricos preservados en perfectas condiciones en 4,500 metros cuadrados de Coyoacán. Un legado tangible, físico, visitable. Un lugar donde la historia del automóvil tenía cara y dirección y horario de apertura. Eso es lo que Don Arturo dejó al mundo. Los primeros años: cuando un Ford de 1924 lo cambió todoLa historia de Arturo Pérez Gutiérrez como coleccionista comenzó, según los testimonios de quienes lo conocieron, en la primera mitad de los años cincuenta, cuando México vivía el apogeo económico del llamado Milagro Mexicano y la Ciudad de México crecía con una velocidad que transformaba barrios enteros de temporada en temporada. En ese contexto de modernidad acelerada, Don Arturo encontró en la mecánica antigua un contrapeso: la permanencia de los objetos bien construidos, la dignidad de los materiales nobles, la satisfacción de devolver vida a algo que el tiempo había olvidado. El Ford de 1924 que restauró en los años cincuenta fue su bautismo en el mundo del automóvil clásico. Lo que comenzó como un ejercicio mecánico — la satisfacción de hacer funcionar un motor que no lo hacía, de devolver el brillo a una carrocería que lo había perdido — se convirtió en una revelación: había todo un universo de automóviles extraordinarios esperando ser rescatados, preservados, mostrados. Cada uno era un documento histórico con motor, una ventana abierta a décadas pasadas, un objeto de belleza y de ingeniería que el progreso había dejado atrás sin razón suficiente. En esos años tempranos, Don Arturo comenzó a frecuentar los mismos circuitos informales donde otros apasionados de los automóviles antiguos se encontraban en la Ciudad de México: las reuniones en plazas públicas, los intercambios de piezas en talleres y establecimientos especializados, las exposiciones espontáneas que precederían a los clubes formalizados que vendrían después. Un testigo de esos años, Manuel Díaz, recordaría décadas después: lo conocí desde 1957 junto con su hermano Tacho, grandes amigos. Don Arturo tenía el don de la amistad, bondadoso, y llegué a venderle varios coches cuando empezaba a coleccionarlos. Su vida siempre fueron los coches. El coleccionista: filosofía, criterio y métodoLo que distinguía a Arturo Pérez Gutiérrez del coleccionista casual era su filosofía sobre los automóviles clásicos — una filosofía que fue articulándose con mayor precisión a lo largo de las décadas y que se refleja con claridad en la composición final de la colección que albergó el museo. Don Arturo no coleccionaba por precio ni por marca ni por moda coleccionista. Coleccionaba por historia, por significado, por el relato que cada vehículo podía contar sobre la época en que fue fabricado y las manos por las que había pasado. Esta filosofía narrativa del coleccionismo explica por qué la colección de Don Arturo era tan diferente de cualquier otra colección equivalente en América Latina. Junto a las piezas técnicamente extraordinarias — el Packard Dietrich Phaeton Super 8 de 1936, ejemplar único en el mundo; el Rolls-Royce Phantom I de 1926 con carrocería Brewster, también único — convivían automóviles cuya importancia era fundamentalmente cultural y sentimental: el Marquette de 1930 que perteneció al cómico Mario Moreno Cantinflas, el Lincoln Continental de 1947 que fue propiedad de John Wayne, el Jaguar de 1963 que apareció en las películas de El Santo. Cada uno con su historia. Cada uno con su contexto. Cada uno con su razón de estar ahí. Miguel Ángel Pérez, quien frecuentó a Don Arturo durante décadas, recordó con precisión el establecimiento FUTURAUTOS en División del Norte y Eugenia — un punto de encuentro donde Don Arturo facilitaba el intercambio de piezas entre los coleccionistas de la ciudad — como uno de los espacios donde el carácter de Don Arturo como centro de gravitación de la comunidad era más visible. No era solo un coleccionista que acumulaba: era un nodo que conectaba, que facilitaba, que generaba comunidad alrededor de los automóviles clásicos cuando esa comunidad en México estaba todavía en proceso de formarse. Los clubes: constructor de comunidad antes de tener museoAntes de que el Museo del Automóvil Antiguo de México existiera, Arturo Pérez Gutiérrez ya era una figura central de la comunidad coleccionista de la Ciudad de México a través de su participación activa en varios clubes y asociaciones. El Club Mexicano de Autos Antiguos, el Club de Vehículos Veteranos, la Asociación Mexicana de Automóviles Antiguos y el Club Ford Modelo A fueron algunos de los espacios organizativos donde Don Arturo participó durante décadas, contribuyendo a construir la infraestructura social e institucional del coleccionismo automotriz mexicano en una época en que esa infraestructura era todavía muy frágil. La participación de Don Arturo en los clubes no era ceremonial ni decorativa: era activa, frecuente y orientada al servicio de la comunidad. Los testimonios de quienes lo conocieron en ese contexto lo describen consistentemente como una persona que ponía su colección, su conocimiento y sus contactos al servicio de los otros coleccionistas con una generosidad que no era común. Facilitar el acceso a piezas difíciles de conseguir, conectar a compradores con vendedores, ofrecer sus instalaciones para reuniones y exposiciones: Don Arturo entendía que el coleccionismo individual tiene límites que solo la comunidad puede superar. Esta visión comunitaria del coleccionismo fue también lo que, con el tiempo, lo llevaría a concebir el museo. Si la colección privada solo puede ser disfrutada por su propietario y sus invitados, el museo multiplica ese disfrute por los miles de visitantes que pueden acceder a él. La lógica era tan simple como ambiciosa: la mejor manera de honrar una colección extraordinaria es abrirla al mundo. Don Arturo tardó décadas en tener los recursos y las condiciones para hacerlo, pero nunca abandonó el propósito. El museo: de sueño a instituciónEl proyecto del Museo del Automóvil Antiguo de México comenzó a tomar forma concreta en mayo de 1989, cuando Don Arturo inició los trabajos de construcción en el terreno de Avenida División del Norte 3572, en el barrio de San Pablo Tepetlapa, al sur de Coyoacán. El diseño arquitectónico fue encargado al Arquitecto Aguinaga, quien concibió un espacio que — al igual que el Museo Nacional del Automóvil de Mulhouse, en Alsacia, Francia, que sirvió de inspiración — combinaba la funcionalidad expositiva de un gran hangar con la dignidad estética que los vehículos exhibidos merecían. La inauguración oficial tuvo lugar el 22 de febrero de 1991, más de un año después del inicio de obras — tiempo que Don Arturo utilizó para preparar meticulosamente cada aspecto de la exposición: la disposición de los vehículos, la iluminación de cada pieza, los textos explicativos que acompañaban a cada automóvil, la lógica de recorrido que permitía al visitante seguir la evolución del automóvil a través de más de un siglo de historia. Nada en el museo era casual: todo respondía a decisiones de curaduría que Don Arturo había tomado con la misma atención con que había restaurado su primer Ford en los años cincuenta. El resultado superó todas las expectativas razonables. Los 4,500 metros cuadrados del museo — de los cuales 3,500 albergaban la colección — se convirtieron desde el primer día en el espacio de referencia del automóvil clásico en México y, con el tiempo, en el mayor museo de automóviles de América Latina. La colección de más de 120 vehículos — con ejemplares desde 1904 hasta fechas más recientes, motores a vapor, gasolina y diésel, marcas europeas y americanas de primera línea — era una propuesta expositiva que ninguna otra ciudad latinoamericana podía igualar. Ficha biográfica
Piezas destacadas de la colección
Las joyas de la colección: piezas únicas en el mundoEntre los más de 120 vehículos que conformaron la colección de Don Arturo, varios merecen una mención especial por su rareza y su importancia histórica. El Packard Dietrich Phaeton Super 8 de 1936 — que el propio museo describía como el único ejemplar de ese modelo que existe en el mundo — era sin duda la pieza más valiosa técnicamente, tanto por la calidad de su construcción como por la imposibilidad de encontrar un duplicado en ninguna colección del planeta. Su presencia en un museo de la Ciudad de México era, y sigue siendo, un argumento poderoso sobre la importancia del coleccionismo de alta calidad en América Latina. El Rolls-Royce Phantom I de 1926 con carrocería Brewster era igualmente singular: el único ejemplar con esa combinación específica de chasis y carrocería que existe. El Lincoln Continental de 1947 — que perteneció a John Wayne y que el actor usó para trasladar a amigos como el director John Ford y la actriz Elizabeth Taylor durante sus visitas a México — añadía una dimensión de historia cultural popular americana que el visitante promedio podía relacionar inmediatamente con su experiencia cinematográfica. El Ford V8 de 1934 asociado a Bonnie y Clyde, el Marquette de 1930 de Cantinflas, el Jaguar de El Santo: la colección de Don Arturo era también, en esta dimensión, un museo de la cultura popular del siglo XX. El Volkswagen Sedán de 1969 — elaborado artesanalmente por artesanos mexicanos y enviado a Europa como Embajador de Buena Voluntad del Mundial México 1970 — representaba la dimensión propiamente mexicana de la colección: un objeto que conectaba la historia del automóvil universal con la historia específica de México, su cultura y sus logros. Esta sensibilidad por lo mexicano, por los objetos que tienen significado en la historia propia del país, era también característica del criterio de Don Arturo como coleccionista. El hombre detrás del museo: carácter y valoresLos testimonios de quienes conocieron a Arturo Pérez Gutiérrez son sorprendentemente consistentes en los rasgos que destacan de su carácter. La generosidad aparece en todos ellos: generosidad con su tiempo, con su conocimiento, con su colección y con su espacio. La amistad aparece también en todos ellos: Don Arturo tenía una capacidad genuina para relacionarse con personas de todos los ámbitos y de todos los niveles de conocimiento automotriz, desde el mecánico especializado hasta el visitante ocasional que entraba al museo por curiosidad y salía convertido en entusiasta. Alberto Navarro Llamas, quien escribió su obituario en la revista Garage Clásico, lo describió con precisión: Don Arturo siempre procuró la unión y amistad entre todos los coleccionistas. Recibió en vida múltiples reconocimientos y homenajes que dejan constancia de su gran don de compañerismo y cariño, bondades que compartió con todos los que tuvieron el privilegio de conocerle. El hecho de que el concurso de elegancia de Huixquilucan — uno de los eventos más importantes del calendario del automóvil clásico en México — le fuera dedicado en vida es quizás el reconocimiento más elocuente que recibió de su comunidad. Don Arturo era también, en un sentido muy concreto, un educador. El museo que fundó incluía desde su apertura una dimensión pedagógica explícita: textos explicativos que situaban cada vehículo en su contexto histórico, visitas guiadas los fines de semana, actividades orientadas a la cultura vial y a la educación sobre la historia del transporte. Don Arturo creía que los automóviles clásicos no eran solo objetos de colección sino documentos históricos que las nuevas generaciones tenían derecho a conocer. Esta convicción definió el carácter del museo tanto como su colección. El museo después de Don Arturo: un legado que sobrevivió una décadaCuando Arturo Pérez Gutiérrez falleció el 25 de enero de 2011, el museo que había fundado llevaba veinte años abierto al público y era ya una institución establecida en la vida cultural de la Ciudad de México. La pregunta sobre qué pasaría con la colección después de su muerte era una que la comunidad coleccionista mexicana se hacía con preocupación genuina: las colecciones privadas convertidas en museos tienen una vulnerabilidad estructural que solo la institucionalización formal puede resolver, y el Museo del Automóvil Antiguo de México dependía en gran medida de la voluntad y los recursos personales de su fundador. El museo continuó abierto durante diez años más después del fallecimiento de Don Arturo, hasta que en diciembre de 2021 cerró sus puertas definitivamente. El cierre, después de más de treinta años de operación, fue recibido con pesar por la comunidad del automóvil clásico en México: se perdía no solo un espacio expositivo sino un lugar de memoria, un punto de referencia de la cultura automotriz de la ciudad que Don Arturo había construido a lo largo de toda su vida adulta. El destino de los 120 vehículos de la colección después del cierre del museo no ha sido completamente documentado en fuentes públicas, lo que representa en sí mismo un tema pendiente para la comunidad coleccionista mexicana. Lo que sí está documentado es la magnitud del vacío que dejó el cierre: no existe en la Ciudad de México, a la fecha, ningún museo de automóviles de alcance comparable al que Arturo Pérez Gutiérrez construyó y mantuvo durante más de tres décadas. Bandera a cuadros para Don ArturoArturo Pérez Gutiérrez merece un lugar en la historia del automóvil en México que todavía no se le ha otorgado con la plenitud que corresponde. Fue el primer mexicano que entendió que el coleccionismo de automóviles clásicos podía y debía tener una dimensión institucional: que las joyas reunidas por una vida de pasión y criterio tienen la obligación de ser accesibles al público, de contribuir a la educación y la cultura de la ciudad que las alberga, de ser algo más que la satisfacción privada de su propietario. Lista de Comentarios Hay 8 comentarios. ¿Quieres agregar un comentario? Continúa leyendo:Anterior
Historia del BorgwardEs hasta 1924 que su primer coche a motor sale de la línea de montaje. Es el "Blitzkarren". Siguiente
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